Editorial

Mayo 19, 2008

 Menos libertad y más motivación

 

No es necesario ser un genio para saber que algo falla en el sistema educativo actual, basta con leer de vez en cuando el periódico o ver los informativos. Y es que no son pocas las ocasiones en las que surge alguna noticia relacionada con el fracaso escolar o las malas relaciones que se están dando entre profesores y alumnos.  

Ya casi se puede decir que es un mito esa frase de “es que los jóvenes de hoy en día son…”, acompañada de cualquier adjetivo descalificativo o cuanto menos negativo, cuando la realidad es que estos en general no son más que el reflejo de cuanto han aprendido, de la educación que han recibido.  

No se puede separar la educación entendida desde el respeto y el buen comportamiento, de la escolar; pues ambas deben ir de la mano y hoy son las dos las que se encuentran en detrimento.  

 

En los colegios se sigue enseñando con el mismo método de antaño, y así como se pide a la iglesia, por ejemplo, que evolucione al ritmo que lo hace la sociedad por qué no también que lo haga la manera de enseñar. Es muy ilustrativo pensar en el ejemplo de la televisión en uno de sus aspectos, pues no hace mucho los espectadores podían estar viendo y escuchando con atención a cualquier persona que fuera entrevistado en este medio sin necesidad de que los planos cambiaran constantemente para no aburrir al espectador, ni tampoco insertar en pantalla letreros que hicieran más amena la entrevista. Pero es que entonces las personas tenían la capacidad de escuchar tranquilamente a alguien que les habla durante una hora o incluso más tiempo; ahora en cambio eso no es posible. La sociedad para bien o para mal ha evolucionado, se vive en un momento de rapidez, de prisas constante y mucho ruido, donde escuchar pacientemente parece realmente difícil. Cómo se pretende entonces que en este contexto los niños puedan tener esa capacidad que hoy día ni muchos adultos son capaces de enseñar, la capacidad de escuchar simplemente. 

Hasta ahora se ha dicho que los niños nacen con un bajo el brazo, en cambio parece que dentro de poco se dirá que estos nacen con un portátil bajo el brazo, o al menos un ordenador. Y es que ya desde muy temprana edad comienzan a manejarse con soltura con estos aparatos donde la interactividad es evidente y el entretenimiento en la mayoría de los casos está asegurado. Y con tanta distracción después cuesta trabajo prestar atención a una persona que se limita a hablar sin ningún aliciente más que una pizarra. Realmente es una ardua tarea para los profesionales de la enseñanza mantener la atención de estas personas que se aburren en seguida, que no son capaces de escuchar sin más; algo realmente triste ¿no? Entonces de quién es el problema, ¿del profesor que no sabe enseñar o de los alumnos que no saben escuchar?  

Tal y como cita Paulo Coelho “es necesario aprender lo que necesitamos y no únicamente lo que queremos”. Por ello entendemos que como todo las maneras de enseñas deben evolucionar así como lo hace la sociedad, pero eso no significa que ahora las aulas deban convertirse en auténticas discotecas o salas de ocio. Y es que en muchos casos el problema no está en que el docente no sepa enseñar, sino en que el alumno no sabe aprender, y ahí está la clave, en educar en el conocimiento, en inducir al alumnado el gusto por el mismo, en lugar de aprender por aprender pues así sólo se llega  a lo que abunda, al estudiar para aprobar, porque un triste cinco es suficiente.  

Por ello entiendo que un buen sistema educativo es aquel en el que los docentes aviven los sentidos de los alumnos, que despierten su curiosidad enseñándoles la metodología para obtener conocimiento. Esa sería una solución para tanto fracaso escolar y para que España dejara de ocupar los últimos puestos en el ranking que elabora la UNESCO sobre educación. Pero en ningún caso los profesores son los responsables de este atraso que no mejora sino que va en aumento. El fallo está en un sistema del cual son víctimas tanto los profesores como los estudiantes.  

Pero al problema de este desánimo por parte de los profesores a enseñar y de los alumnos a aprender, se suma el problema de la falta de educación y respeto de los alumnos, que no es más que la falta de autoridad con la que cuentan los docentes y el exceso de derechos de los alumnos. Tal vez el azote que se daba antes sin problema alguno fuera excesivo, pero igualmente lo es hoy los azotes verbales y en ocasiones no verbales que reciben los profesores por parte de alumnos; alumnos que en numerosas ocasiones realizan sus actos bajo el amparo de sus padres. Es esta una pieza clave del problema del fracaso escolar, la falta de confianza de los progenitores en los docentes y la excesiva libertad a sus respectivos hijos. Esta autonomía de los jóvenes y de los niños no es más que consecuencia de este cambio que está teniendo lugar en la sociedad en la que surge como los psicólogos están llamando, los “niños llaves”, niños que desde muy temprana edad entran y salen de casa como y cuando ellos quieren sin nadie que les diga un no severo ni un no a tiempo. 

Se necesita más disciplina y menos libertad para los alumnos y más confianza en el docente quien debería replantearse las maneras de enseñar y tratar que alumnado descubra el placer por el conocimiento y deje así el estudiar para aprobar “porque un cinco es suficiente”.